En mis años veintes, con el ansia en medio del corazón, buscaba de la primavera un gesto, una señal, la frente dichosa de un beso. Y sonreía en abril, aún cuando el amor durmiera en la pesadilla de la espera.
En Ciudad Universitaria, como quien encuentra el alivio en el agua tibia bajo la regadera, esperaba descubrir olores nuevos a la sombra de las jacarandas. Y sin embargo, la respuesta dormía en el morado prematuro e intenso de esas flores que son hojas y pétalos al mismo tiempo, un tono inolvidable para recordar la dulzura de la saliva compartida.
Ahora que los años cuarenta fluyen con el corazón cubierto de ansias cumplidas, interminables y pendientes, el otoño me encuentra serenamente intensa. Hay gestos míos en mis hijos y señales ajenas que así seguirán siempre, y la frente tiene menos arrugas que besos consumidos. Por eso río a carcajadas en septiembre, aún cuando las finanzas crujen y la violencia amaga en el insomnio colectivo.
Y sobre Reforma o Insurgentes, abordo de un helicópetero del poder que temporalmente me toca atestiguar en su vuelo, recuerdo el mar de jacarandas que es la Ciudad de México en marzo o en febrero. No hay nostalgia ni duelo. Sólo la brisa voluble de una perfecta estación que sale del calor, sin aterrizar todavía en el frío. Como este cuerpo compartido. Ya no busco el aroma de las flores inodoras. Gozo el orégano de septiembre y el romero de las tardes. Busco y me encuentro. Y la saliva sigue siendo dulce, aunque se imponga el calendario del olvido.
miércoles, 1 de octubre de 2008
domingo, 30 de marzo de 2008
Hay peores males que el cinismo
Los políticamente correctos hablan del cinismo como una posición política vinculada al optimismo, a la fe en la democracia, en el diálogo y el convencimiento.
No se quiénes ni dónde comenzaron a señalar de cínicos a los impugnadores de la violencia, del odio de clase, de la saña en el debate de las ideas públicas. La cosa es que ahora se pretende equiparar al cinismo con la cordialidad y el buen ánimo.
Según esta nueva acepción, somos cínicos aquellos que no estamos dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, quienes no aplaudimos a las guerrillas, es decir, los adversarios a la moda de las revueltas y a las supuestas revoluciones desde la comodidad de los festivales y los desmadres cuturales.
Puede ser que hayan ganado la batalla de las significaciones. Y que sea más fácil descalificar como cínico a un demócrata a secas que a un manipulador o autoritario dispuesto a morir en nombre de cualquier letra muerta de la constitución.
De ser así, ha llegado el momento de reivindicar el cinismo. Y de portarlo con garbo, gusto y estilo, si se trata de coexistir y de combatir, con las ideas en la mano, y los hechos por delante, con los doblemoral, los doblecara, los eternos traidores de la aspiración universal de vivir sin cuchillos, tan necesaria para las sonrisas en la vida cotidiana.
Viva el cinismo, pues, si hay que demostrarles que la humanidad se construye en los detalles, en las horas compartidas, en el verbo, en la capacidad de construir, de cantar, de bailar, de sonreir, de entender la manipulación independientemente de dónde venga y de rechazar la violencia, sobre todo cuando es verbal, porque esa viene del alma.
No se quiénes ni dónde comenzaron a señalar de cínicos a los impugnadores de la violencia, del odio de clase, de la saña en el debate de las ideas públicas. La cosa es que ahora se pretende equiparar al cinismo con la cordialidad y el buen ánimo.
Según esta nueva acepción, somos cínicos aquellos que no estamos dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, quienes no aplaudimos a las guerrillas, es decir, los adversarios a la moda de las revueltas y a las supuestas revoluciones desde la comodidad de los festivales y los desmadres cuturales.
Puede ser que hayan ganado la batalla de las significaciones. Y que sea más fácil descalificar como cínico a un demócrata a secas que a un manipulador o autoritario dispuesto a morir en nombre de cualquier letra muerta de la constitución.
De ser así, ha llegado el momento de reivindicar el cinismo. Y de portarlo con garbo, gusto y estilo, si se trata de coexistir y de combatir, con las ideas en la mano, y los hechos por delante, con los doblemoral, los doblecara, los eternos traidores de la aspiración universal de vivir sin cuchillos, tan necesaria para las sonrisas en la vida cotidiana.
Viva el cinismo, pues, si hay que demostrarles que la humanidad se construye en los detalles, en las horas compartidas, en el verbo, en la capacidad de construir, de cantar, de bailar, de sonreir, de entender la manipulación independientemente de dónde venga y de rechazar la violencia, sobre todo cuando es verbal, porque esa viene del alma.
domingo, 23 de marzo de 2008
Los "sin miedo"
Retrovisor, sábado 22 de marzo
Temo a quienes no temen a nada. Son siempre un kamikaze y no importa cuán gloriosa o sucia sea su guerra. Si son pilotos suicidas, sicarios, niños-bomba, etarras, zetas.
Les temo siempre: sea que habiten en Palestina o en el Pentágono; sea que azucen al desprevenido en los dominios de la delincuencia, desde una zona militar o en las guaridas del narco; sea que asalten en los pasillos de la vida, en el lavado de dinero o en la confección de las grandes mentiras políticas.
Pienso que no hay peor accidente que toparse con un kamikaze, liberado del temor de dañar, de truquear, de pasarse un alto, de romperse toda su humanidad a la menor provocación; de exacerbar los ánimos, de descarrilar el tren en el que la mayoría va comiendo ansias por llegar; de dividir el mundo entre puros e infectos, de decidir quién respira y quién muere.
Debo ser ajena a la posmodernidad, seguro que sí. Porque ese temor a los que a nada le temen, no me lo quita ni el mejor terapeuta del mundo, ningún seguro financiero ni la dulcemente envenenada promesa de que a veces se vale matar y morir por algo mejor, por una tierra libre de pecados y pecadores.
Acaso porque no me salvé de la cultura del castigo. Pero me da escalofrío cualquier desplante suicida. Es un “me vale madres” que no me pasa ni con anestesia.
¿De qué tamaño es el vacío para levantar como bandera el miedo a nada? ¿De qué incurable enojo puede provenir el gusto porque otros te teman y te huyan? Algo muy profundo debe haberse roto en nuestra convivencia social para que sea tal jactancia el motor de un lema que pretende ser de batalla, la consigna de un movimiento social: nos tienen miedo porque no tenemos miedo.
Paradójico: el esperado movimiento social se funda en la esperanza de colectivizar el miedo: ya vienen las transnacionales por nuestro petróleo, con el popote de los pozos marinos.
Más allá de la llamada reforma energética, acaso abortada por la caída política, el duro resbalón de quien sería uno de sus principales progenitores en Bucareli, y abortada también porque nadie quiere asumir la maternidad de la criatura, más allá de lo que pueda decirse en torno al cuento candoroso del “tesoro escondido”, preocupa este mal inicio de primavera.
Porque este regodeo por los tambores de guerra, justo en el inicio de la estación de la fertilidad y los encuentros, suena a tendencia, a sello, a marca de la casa, a signo sexenal, a interminable historia de Sísifo de medio pelo, a empolvado macrame de Penélope: el pleito reciclándose. No importa el pretexto: ley del ISSSTE, TLC agropecuario, ahí viene el lobo… Porque esta es la amarga y eterna desventura de intentar la caída de un gobierno.
Ya lo acuñaron los intelectuales orgánicos del deseado movimiento civil: nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Y como si se tratara del estribillo de una rola sabinera, la advertencia contagia. Cobra sentido en muchos, tiene eco. De ese tamaño es la herida y la base emocional, ojo, principalmente emocional de los sin miedo, compuesta por quienes se conectan con esta visión del futuro nacional y esperan, añoran, la caída “del espurio”.
Estupefacta, pido que rolen un poco de esa rabia encapsulada, para entonarme y entrar en onda.
Estupefacta, veo que los sin miedo a nada pululan. Que los sin miedo a nada son el emblema de esta primavera y que la fecundidad se hace presente en su patética reproducción.
Que los sin miedo a nada se aferran al poder, de facto, legal y legítimo. Que Juan sin miedo está en las derechas y en las izquierdas, en la farsa de que los muchachos sólo iban de investigadores al campamento de las FARC, en el reclamo esquizofrénico de que el gobierno, el mismo al que llaman y consideran impostor, se alce en una condena contra su homólogo colombiano.
Me fumo un poco más de rabia. Una buena dosis de encanijamiento profesional. Lo necesito para entusiasmarme con la escena prometida: el país en llamas, descarrilado el poder, la purificación revolucionaria, contestataria y anárquica. Suena la otra rola, la incumplida pero siempre pendiente en los chicos del coro emocional, admiradores de los sin miedo legítimos, impugnadores de los sin miedo legales: “¡Ya cayó, ya cayó!”
De pronto se me acaba el churrito de emputamiento. Pero enciendo la historia de la semana, el cochinero perredista, las boletas quemadas, las escondidas, las secuestradas. Escucho a un líder estatal convencido de que ni todo el cloro de las albercas de Veracruz podría limpiarlo. Se declaran asqueados. Tienen nausea.
Entonces me encarrilo y me contagio con ese sonsonete de que vivimos en el país sin remedio, sobre todo cuando Jesús Ortega y Alejandro Encinas aceptan su indigencia cívica y sus respectivos defensores, Guadalupe Acosta Naranjo y Gerardo Fernández Noroña, afilan los colmillos de la saña verbal y dan testimonio del tiradero en el que han coexistido.
Hay quienes dicen sentir pudor. Son del pequeño círculo de los perdona vidas. Arturo Núñez, por ejemplo, experto en ingeniería electoral y todo lo que eso signifique, termina con mi escaso optimismo primaveral. Ex priísta, ex responsable del IFE, ex funcionario de Gobernación y hoy integrante del Comité Técnico Electoral del PRD, declara sobre el cochinero, cuando debía estar presentando su renuncia al cargo que evidentemente no supo ejercer (pero es la moda en tiempos de los sin miedo):
“Hay metidas manos externas en algunos estados y en la medida en que pueda haber pruebas, las aportaremos”, dice el tabasqueño, ilustrando mejor que ninguno el recurso de sacarle al bulto y buscar la viga en el partido ajeno.
Es la comedia de una clase política que vive sin miedo a nada, particularmente sin miedo al cinismo ni al ridículo.
¿Qué queda? Acaso el decoro de perderle el miedo a la pregunta. Maestro José Woldenberg: ¿Alguna vez fue cierta la normalidad democrática que nos enseñó a celebrar? ¿Por qué seguimos perdiendo la batalla frente al dinosaurio?
lunes, 4 de febrero de 2008
Taxonomía masculina o buscapleitos
Va la columna del sábado 2 de febrero (periódico excélsior
Las edades de la vida femenina nos conducen a una mutación permanente en la taxonomía de los varones. Envueltas en la expectativa, las adolescentes de mis tiempos los soñaban tiernos. Demandantes, las ceceacheras los buscaban galanes, audaces, entrones, progresistas, según la condición de la oferta.
Ya en la Facultad de Ciencias Políticas, en nuestros días pumas, lo masculinamente importante era sinónimo de compromiso, talento y compañerismo, en contraposición a los considerados superficiales, tradicionales, muchachos “plásticos” y arribistas.
De los noventa para acá, registramos en el catálogo a los interesantes, sexis, buena onda, tranquilos, versus los aburridos, desagradables, mujeriegos y patanes. Y si actualizamos el lenguaje con las nuevas generaciones, se suman los adjetivos de cool, abiertos, buenas bestias, chidos, chingones, exitosos, despiadados, tetos, loosers y, por supuesto, bipolares.
Por fortuna, en la pluralidad que nos marca como sociedad, los varones también cambian y aunque a estas alturas sabemos que los hombres ideales no existen, la realidad nos ofrece siempre experimentos cercanos a lo mejor, es decir, a la liberación masculina de los lugares comunes y del patético machismo que acaso enorgullecía a nuestros abuelos, pero hoy haría de nuestros hijos unos verdaderos cavernícolas.
Y con esa misma fortuna, desde el retrovisor privado y público he llegado a una simplificada clasificación: los varones que sí y los que no saben convivir con las mujeres en un escenario de igualdad de condiciones.
La división es aplicable en casa como en la escena política, pasando por los vericuetos laborales de cada quien: de un lado están los que saben tener amigas y del otro los que quieren tener subalternas. Es sencillo distinguirlos: en la transición cotidiana pero palpable de la democracia de los géneros se encuentran quienes reconocen la capacidad de sus colegas, empleadas y jefas. Y en las cavernas —supongo que también en las tabernas— se hallan los que se explican el éxito y protagonismo de las mujeres sólo en función de cómo se llevan con los hombres y por lo tanto siempre acaban buscando las explicaciones en los enjuagues íntimos.
De modo que mientras los hombres auténticamente modernos pueden trabajar a gusto con las mujeres y asumir tratos en igualdad de circunstancias, los machitos de caricatura siempre tendrán un mal chiste para descalificar los rasgos físicos de sus colegas féminas y en sus equipos de trabajo ellas sólo figurarán para tomar nota, traer el café o alabarlos.
“Misóginos”, se ha dicho esta semana a raíz de las tristes declaraciones de Andrés Manuel López Obrador sobre el encuentro de la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, con el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Lo sucedido entre estas dos figuras públicas va más allá de la anécdota. Muchas políticas, gobernadoras, secretarias, legisladoras saben que no es fácil encontrar la forma de exhibir a los varones cavernícolas y que, al final de cuentas, sus ambiciones de escalar en la pirámide del poder están determinadas por su condición de mujer.
Y, sin embargo, gracias al peso de la democracia, esa condición de mujer se ha convertido en un activo cuando los ciudadanos acuden a las urnas. Porque las tendencias globales indican que la liberación masculina avanza al grado de que los varones aceptan cada vez más la representación política y gubernamental femeninas. Por eso me encanta aplicar mi clasificación en el caso de las elecciones estadunidenses. Porque los del gen machín, harán acrobacias argumentativas para enumerar muchos peros contra la Hillary y levantar su bandera contra el racismo y a favor de Obama. Sé que no es tan sencillo. Pero no podemos hacernos tontos: lo que se está jugando en el vecino país es nada más y nada menos que la presencia femenina en el más emblemático espacio de poder en el mundo occidental, la Casa Blanca.
Hay quienes replicarán que, tratándose de un imperio como el yanqui, no es posible considerar que la llegada de la esposa del ex presidente William Clinton al gobierno pueda traducirse en un paso hacia adelante para la población femenina del Tercer Mundo.
De manera que para no contraponer esas reservas antimperialistas con mi hipótesis de que la llegada de esta sexagenaria política al gobierno de EU desencadenaría un efecto a favor de la visibilidad de las mujeres en la política, por el momento prefiero remitirme a los hechos consumados del efecto Cristina, la presidenta argentina, sí, la esposa del ex presidente Néstor Kirchner.
Es un fenómeno: llegó con 45% de popularidad y en este momento tiene sesenta. Pero el protagonismo ya comienza a gotear porque su arribo “ha significado el aumento de la presencia femenina en el Poder Legislativo, Judicial y otros ámbitos de la sociedad argentina”, se lee en un despacho reciente de Notimex.“Hasta noviembre pasado, siete de cada diez representantes populares era hombre, pero ahora, 40% de las 248 bancas de la Cámara de Diputados y las 72 del Senado están ocupadas por legisladoras”, se detalla en el reporte informativo.
Es nuestra testigo de lujo Cecilia González, corresponsal de la agencia en Buenos Aires, quien nos cuenta, además, que apenas este jueves Fernández de Kirchner consiguió un gol de oro: la visita del embajador de EU para aclararle que la administración de Bush no comparte las acusaciones de que su campaña fue ilegalmente financiada por Venezuela. Y es que en diciembre ella se lanzó duro contra los gringos al calificar de “operación basura” los señalamientos de un fiscal en ese sentido. Los empresarios se asustaron porque la presidenta dijo que la Casa Blanca no quería países amigos, sino esclavos. “Ella nunca agachó la cabeza ni tuvo miedo”, cuenta nuestra corresponsal.
Ese es el punto: mujeres que aprenden a vivir sin miedo y sin agachar la cabeza; políticas que ponen en su lugar a quienes pretenden someterlas. Y varones, influyentes o ciudadanos de a pie que logran sentirse representados a través de ellas. Por eso resulta imposible trivializar lo ocurrido en torno a Zavaleta. Porque hemos llegado a la mayoría de edad femenina. Y el derecho a voz y voto cuenta, hasta para las nuevas clasificaciones, tanto así que el término misoginia incluso huele a naftalina, suena exagerado, como lo son las caricaturas de la realidad. Porque no se trata de un odio hacia las mujeres, sino de una incapacidad de convivir con ellas en el plano de la disputa de una igualdad cotidiana y palpable, tan palpable que al final de la semana, la diputada perredista logró revirarle al ex candidato presidencial con una flecha envenenada.
Es la mayoría de edad, un tiempo nuevo en el que la equidad de género llega hasta el poder de las palabras y la taxonomía sobre los varones coloca en la prehistoria de las cavernas a los buscapleitos de cantina.
©Derechos Reservados Periódico Excelsior, S.A. de C.V., 2007. Bucareli No. 1, Col. Centro. C.P. 06600 México, D.F. Tel. + 52 (55) 5128 3000
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Las edades de la vida femenina nos conducen a una mutación permanente en la taxonomía de los varones. Envueltas en la expectativa, las adolescentes de mis tiempos los soñaban tiernos. Demandantes, las ceceacheras los buscaban galanes, audaces, entrones, progresistas, según la condición de la oferta.
Ya en la Facultad de Ciencias Políticas, en nuestros días pumas, lo masculinamente importante era sinónimo de compromiso, talento y compañerismo, en contraposición a los considerados superficiales, tradicionales, muchachos “plásticos” y arribistas.
De los noventa para acá, registramos en el catálogo a los interesantes, sexis, buena onda, tranquilos, versus los aburridos, desagradables, mujeriegos y patanes. Y si actualizamos el lenguaje con las nuevas generaciones, se suman los adjetivos de cool, abiertos, buenas bestias, chidos, chingones, exitosos, despiadados, tetos, loosers y, por supuesto, bipolares.
Por fortuna, en la pluralidad que nos marca como sociedad, los varones también cambian y aunque a estas alturas sabemos que los hombres ideales no existen, la realidad nos ofrece siempre experimentos cercanos a lo mejor, es decir, a la liberación masculina de los lugares comunes y del patético machismo que acaso enorgullecía a nuestros abuelos, pero hoy haría de nuestros hijos unos verdaderos cavernícolas.
Y con esa misma fortuna, desde el retrovisor privado y público he llegado a una simplificada clasificación: los varones que sí y los que no saben convivir con las mujeres en un escenario de igualdad de condiciones.
La división es aplicable en casa como en la escena política, pasando por los vericuetos laborales de cada quien: de un lado están los que saben tener amigas y del otro los que quieren tener subalternas. Es sencillo distinguirlos: en la transición cotidiana pero palpable de la democracia de los géneros se encuentran quienes reconocen la capacidad de sus colegas, empleadas y jefas. Y en las cavernas —supongo que también en las tabernas— se hallan los que se explican el éxito y protagonismo de las mujeres sólo en función de cómo se llevan con los hombres y por lo tanto siempre acaban buscando las explicaciones en los enjuagues íntimos.
De modo que mientras los hombres auténticamente modernos pueden trabajar a gusto con las mujeres y asumir tratos en igualdad de circunstancias, los machitos de caricatura siempre tendrán un mal chiste para descalificar los rasgos físicos de sus colegas féminas y en sus equipos de trabajo ellas sólo figurarán para tomar nota, traer el café o alabarlos.
“Misóginos”, se ha dicho esta semana a raíz de las tristes declaraciones de Andrés Manuel López Obrador sobre el encuentro de la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, con el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Lo sucedido entre estas dos figuras públicas va más allá de la anécdota. Muchas políticas, gobernadoras, secretarias, legisladoras saben que no es fácil encontrar la forma de exhibir a los varones cavernícolas y que, al final de cuentas, sus ambiciones de escalar en la pirámide del poder están determinadas por su condición de mujer.
Y, sin embargo, gracias al peso de la democracia, esa condición de mujer se ha convertido en un activo cuando los ciudadanos acuden a las urnas. Porque las tendencias globales indican que la liberación masculina avanza al grado de que los varones aceptan cada vez más la representación política y gubernamental femeninas. Por eso me encanta aplicar mi clasificación en el caso de las elecciones estadunidenses. Porque los del gen machín, harán acrobacias argumentativas para enumerar muchos peros contra la Hillary y levantar su bandera contra el racismo y a favor de Obama. Sé que no es tan sencillo. Pero no podemos hacernos tontos: lo que se está jugando en el vecino país es nada más y nada menos que la presencia femenina en el más emblemático espacio de poder en el mundo occidental, la Casa Blanca.
Hay quienes replicarán que, tratándose de un imperio como el yanqui, no es posible considerar que la llegada de la esposa del ex presidente William Clinton al gobierno pueda traducirse en un paso hacia adelante para la población femenina del Tercer Mundo.
De manera que para no contraponer esas reservas antimperialistas con mi hipótesis de que la llegada de esta sexagenaria política al gobierno de EU desencadenaría un efecto a favor de la visibilidad de las mujeres en la política, por el momento prefiero remitirme a los hechos consumados del efecto Cristina, la presidenta argentina, sí, la esposa del ex presidente Néstor Kirchner.
Es un fenómeno: llegó con 45% de popularidad y en este momento tiene sesenta. Pero el protagonismo ya comienza a gotear porque su arribo “ha significado el aumento de la presencia femenina en el Poder Legislativo, Judicial y otros ámbitos de la sociedad argentina”, se lee en un despacho reciente de Notimex.“Hasta noviembre pasado, siete de cada diez representantes populares era hombre, pero ahora, 40% de las 248 bancas de la Cámara de Diputados y las 72 del Senado están ocupadas por legisladoras”, se detalla en el reporte informativo.
Es nuestra testigo de lujo Cecilia González, corresponsal de la agencia en Buenos Aires, quien nos cuenta, además, que apenas este jueves Fernández de Kirchner consiguió un gol de oro: la visita del embajador de EU para aclararle que la administración de Bush no comparte las acusaciones de que su campaña fue ilegalmente financiada por Venezuela. Y es que en diciembre ella se lanzó duro contra los gringos al calificar de “operación basura” los señalamientos de un fiscal en ese sentido. Los empresarios se asustaron porque la presidenta dijo que la Casa Blanca no quería países amigos, sino esclavos. “Ella nunca agachó la cabeza ni tuvo miedo”, cuenta nuestra corresponsal.
Ese es el punto: mujeres que aprenden a vivir sin miedo y sin agachar la cabeza; políticas que ponen en su lugar a quienes pretenden someterlas. Y varones, influyentes o ciudadanos de a pie que logran sentirse representados a través de ellas. Por eso resulta imposible trivializar lo ocurrido en torno a Zavaleta. Porque hemos llegado a la mayoría de edad femenina. Y el derecho a voz y voto cuenta, hasta para las nuevas clasificaciones, tanto así que el término misoginia incluso huele a naftalina, suena exagerado, como lo son las caricaturas de la realidad. Porque no se trata de un odio hacia las mujeres, sino de una incapacidad de convivir con ellas en el plano de la disputa de una igualdad cotidiana y palpable, tan palpable que al final de la semana, la diputada perredista logró revirarle al ex candidato presidencial con una flecha envenenada.
Es la mayoría de edad, un tiempo nuevo en el que la equidad de género llega hasta el poder de las palabras y la taxonomía sobre los varones coloca en la prehistoria de las cavernas a los buscapleitos de cantina.
©Derechos Reservados Periódico Excelsior, S.A. de C.V., 2007. Bucareli No. 1, Col. Centro. C.P. 06600 México, D.F. Tel. + 52 (55) 5128 3000
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lunes, 21 de enero de 2008
En el año de la rata
Columna publicada el 5 de enero del 2008
Por aldeana, por creer en los horóscopos, por mamá de dos adolescentes, porque disfruto intensamente lo que hago, no puedo escaparme del optimismo de un nuevo año. Me cuesta ponerle piedras a la especulación futurista, me niego al catastrofismo, a las predicciones de que la historia es circular y ahí viene el lobo…
Prefiero los augurios con olor a abundancia y cuidarme, claro, de no caer en el autismo de aquí no pasa nada; andar a las vivas para no resbalar en la propaganda, en el escapismo de las portadas rosas como envoltura de historias negras.
Con esas precauciones, cuidándonos de la epidemia de la indiferencia frente al dolor del otro y las circunstancias de los otros, estamos obligados a rechazar la tristeza comunitaria, la depresión social y las versiones anoréxicas de la vida, incapaces de consumir a gusto lo existente y de digerir la realidad con sus frutos diversos.
Cuidémonos entonces de la compulsión intelectual, ideológica y política, acaso cultural también, de descarrilar a México, a Latinoamérica y al mundo incluso, en cada inicio de ciclo, de pretender acomodar las piezas para vaticinar choque de trenes, ingobernabilidad, parálisis, caos, desmadre, inviabilidad, pues, sobre lo que somos y lo que podemos hacer.
Cuidémonos, simultáneamente, de la compulsión gubernamental, empresarial y propagandística, acaso consustancial al poder político y económico, de jugar a los fundadores del orden porque, según pretenden hacernos creer, antes de su dominio todo era descomposición e incertidumbre; aguas con sus ofertas y sus discursos voluntaristas, de supuesto entusiasmo contagiante, cuando en el fondo sólo buscan hegemonía y por lo tanto hacer valer su receta de felicidad colectiva cómo la única, a cambio de que el resto renuncie a sus propios recetarios.
Pero que la cautela no nos quite el gozo de construir democráticamente expectativas de un mejor tiempo individual y compartido en este año de la rata, de acuerdo con el calendario chino.
Ni modo, como adicta al horóscopo --aunque sólo parcialmente, porque me quedo con sus pronósticos orientadores y nunca con los de tono fatalista— me entusiasma la idea de que los años del roedor se identifiquen con el inicio de ciclo, con el arranque del cambio, la abundancia, la acumulación de bienes y el hecho de que los intérpretes hablen de que este 2008 será pacífico y reconciliador.
Ilusa, quizá, supongo que con el año de la rata, en el Congreso habrá menos show y más cabildeo, que en vez de tanto dispendio verbal sobre un país inexistente por parte de un Ricardo Monreal, senador perredista, se multiplicará el ejemplo del senador panista Ricardo García Cervantes, en el activismo prudente de la alta política aquí y en Estados Unidos.
Espero que la amabilidad, la astucia y la vitalidad que representa este roedor para los chinos, se haga entre nosotros a favor de nosotros. ¿O acaso no sería alentador que un diplomático tan capaz como Arturo Sarukhán, embajador en Estados Unidos, dejara de recibir zancadillas internas desde el gobierno, y con el aval legislativo plural, emprendiera sin desplantes, con sagacidad y entusiasmo una estrategia contra el clima estadounidense antimexicano?
Espíritu reconciliador, eso es lo que necesitamos. Y no podemos negarnos a la evidencia de que por convicción y opción, muchos mexicanos todavía se niegan a consumir las marcas que Andrés Manuel López Obrador llamó a boicotear en la resistencia civil, y que hay miles de ciudadanos que rememoraron un sentimiento de despojo con la película de Mandoki, y que decenas de legisladores no están dispuestos a saludar en lo que resta de sus vidas al presidente Felipe Calderón.
No se trata de llevarnos todos bien ni de una falsa unanimidad, sino de asumir tareas comunes frente a urgencias de todos, tal es la que tenemos ahora en Estados Unidos con nuestros compatriotas. Entiendo que hay una compulsión antiyanqui. Y también es digna de respeto. Pero lo que el buen entendimiento nos dicta ahora es la reconciliación con esa sociedad vecina, porque no son sólo sus políticos duros, sino su gente de a pie la que da sustento al encono hacia los nuestros.
Confío, pues, que algo de esas nuevas oportunidades previstas para el año de la rata saldrán de nuestra clase política, y no sólo raterías, ratonadas y momentos ratoneros. Que la Secretaría de la Función Pública sea digna de ese nombre y le ponga un freno a los negocios de la política y a los políticos del negocio, que la transparencia deje de servir para buscar en la ratoneras de qué color es la pasta de dientes del rey, y en serio se asuma que en este país el enriquecimiento de los políticos es una práctica lícita aún y cotidiana y si no, asomémonos a las declaraciones patrimoniales de los gobernadores priístas --descontando las sumas adicionales del premio mayor— frente a las cuales el rancho de San Cristóbal sigue siendo un rancho.
Y me preparo, por supuesto, para sumarme al mundo que rendirá admiración a China durante los Juegos Olímpicos, sin olvidar que en esa potencia no hay democracia y los opositores al gobierno van al exilio y para emocionarme de la manera más parcial que pueda con la posibilidad de Hillary Clinton despachando en la Casa Blanca y conmemorar el centenario del natalicio de Simone de Beauvoir desde una sonrisa, no complaciente, pero sí de festejo porque hay buenas cuentas qué rendir.
Y estaré puesta para el otro centenario, el de Salvador Allende, emblema de esperanza y dignidad, confiando así en que mienten quienes hablan de que todo tiempo pasado fue mejor y en la espera de que Michel Bachelete encuentre la vía del entendimiento que tanto cuesta ahora a los gobernantes, sean de derecha, de izquierda o ambidiestros, que eso supongo son los de centro.
Crecerá mi optimismo cuando arribemos al 40 aniversario del 2 de octubre, porque no me alcanzarán los dedos para enumerar las razones de por qué hoy estamos mejor que aquel 1988 en que marchamos como ceuístas, estudiantes universitarios, para condenar la matanza en su 20 aniversario.
Tomaré el apasionamiento de mis hijos cuando corra la Eurocopa de Fútbol y bailaré con mis amigas Borderline la tarde en que Madonna cumpla 50 años en un momento en que las cincuentonas (Michelle Pfeiffer, Sharon Stone, Luz Casal o Lolita Flores) no son más las ancianas que eran cuando mi abuela cumplió los suyos.
Y aprenderé a usar el ipod y desde el mío sonará Crazy for you y será cierto el amor en los tiempos del entusiasmo, moderado sí, pero también compartido.
Por aldeana, por creer en los horóscopos, por mamá de dos adolescentes, porque disfruto intensamente lo que hago, no puedo escaparme del optimismo de un nuevo año. Me cuesta ponerle piedras a la especulación futurista, me niego al catastrofismo, a las predicciones de que la historia es circular y ahí viene el lobo…
Prefiero los augurios con olor a abundancia y cuidarme, claro, de no caer en el autismo de aquí no pasa nada; andar a las vivas para no resbalar en la propaganda, en el escapismo de las portadas rosas como envoltura de historias negras.
Con esas precauciones, cuidándonos de la epidemia de la indiferencia frente al dolor del otro y las circunstancias de los otros, estamos obligados a rechazar la tristeza comunitaria, la depresión social y las versiones anoréxicas de la vida, incapaces de consumir a gusto lo existente y de digerir la realidad con sus frutos diversos.
Cuidémonos entonces de la compulsión intelectual, ideológica y política, acaso cultural también, de descarrilar a México, a Latinoamérica y al mundo incluso, en cada inicio de ciclo, de pretender acomodar las piezas para vaticinar choque de trenes, ingobernabilidad, parálisis, caos, desmadre, inviabilidad, pues, sobre lo que somos y lo que podemos hacer.
Cuidémonos, simultáneamente, de la compulsión gubernamental, empresarial y propagandística, acaso consustancial al poder político y económico, de jugar a los fundadores del orden porque, según pretenden hacernos creer, antes de su dominio todo era descomposición e incertidumbre; aguas con sus ofertas y sus discursos voluntaristas, de supuesto entusiasmo contagiante, cuando en el fondo sólo buscan hegemonía y por lo tanto hacer valer su receta de felicidad colectiva cómo la única, a cambio de que el resto renuncie a sus propios recetarios.
Pero que la cautela no nos quite el gozo de construir democráticamente expectativas de un mejor tiempo individual y compartido en este año de la rata, de acuerdo con el calendario chino.
Ni modo, como adicta al horóscopo --aunque sólo parcialmente, porque me quedo con sus pronósticos orientadores y nunca con los de tono fatalista— me entusiasma la idea de que los años del roedor se identifiquen con el inicio de ciclo, con el arranque del cambio, la abundancia, la acumulación de bienes y el hecho de que los intérpretes hablen de que este 2008 será pacífico y reconciliador.
Ilusa, quizá, supongo que con el año de la rata, en el Congreso habrá menos show y más cabildeo, que en vez de tanto dispendio verbal sobre un país inexistente por parte de un Ricardo Monreal, senador perredista, se multiplicará el ejemplo del senador panista Ricardo García Cervantes, en el activismo prudente de la alta política aquí y en Estados Unidos.
Espero que la amabilidad, la astucia y la vitalidad que representa este roedor para los chinos, se haga entre nosotros a favor de nosotros. ¿O acaso no sería alentador que un diplomático tan capaz como Arturo Sarukhán, embajador en Estados Unidos, dejara de recibir zancadillas internas desde el gobierno, y con el aval legislativo plural, emprendiera sin desplantes, con sagacidad y entusiasmo una estrategia contra el clima estadounidense antimexicano?
Espíritu reconciliador, eso es lo que necesitamos. Y no podemos negarnos a la evidencia de que por convicción y opción, muchos mexicanos todavía se niegan a consumir las marcas que Andrés Manuel López Obrador llamó a boicotear en la resistencia civil, y que hay miles de ciudadanos que rememoraron un sentimiento de despojo con la película de Mandoki, y que decenas de legisladores no están dispuestos a saludar en lo que resta de sus vidas al presidente Felipe Calderón.
No se trata de llevarnos todos bien ni de una falsa unanimidad, sino de asumir tareas comunes frente a urgencias de todos, tal es la que tenemos ahora en Estados Unidos con nuestros compatriotas. Entiendo que hay una compulsión antiyanqui. Y también es digna de respeto. Pero lo que el buen entendimiento nos dicta ahora es la reconciliación con esa sociedad vecina, porque no son sólo sus políticos duros, sino su gente de a pie la que da sustento al encono hacia los nuestros.
Confío, pues, que algo de esas nuevas oportunidades previstas para el año de la rata saldrán de nuestra clase política, y no sólo raterías, ratonadas y momentos ratoneros. Que la Secretaría de la Función Pública sea digna de ese nombre y le ponga un freno a los negocios de la política y a los políticos del negocio, que la transparencia deje de servir para buscar en la ratoneras de qué color es la pasta de dientes del rey, y en serio se asuma que en este país el enriquecimiento de los políticos es una práctica lícita aún y cotidiana y si no, asomémonos a las declaraciones patrimoniales de los gobernadores priístas --descontando las sumas adicionales del premio mayor— frente a las cuales el rancho de San Cristóbal sigue siendo un rancho.
Y me preparo, por supuesto, para sumarme al mundo que rendirá admiración a China durante los Juegos Olímpicos, sin olvidar que en esa potencia no hay democracia y los opositores al gobierno van al exilio y para emocionarme de la manera más parcial que pueda con la posibilidad de Hillary Clinton despachando en la Casa Blanca y conmemorar el centenario del natalicio de Simone de Beauvoir desde una sonrisa, no complaciente, pero sí de festejo porque hay buenas cuentas qué rendir.
Y estaré puesta para el otro centenario, el de Salvador Allende, emblema de esperanza y dignidad, confiando así en que mienten quienes hablan de que todo tiempo pasado fue mejor y en la espera de que Michel Bachelete encuentre la vía del entendimiento que tanto cuesta ahora a los gobernantes, sean de derecha, de izquierda o ambidiestros, que eso supongo son los de centro.
Crecerá mi optimismo cuando arribemos al 40 aniversario del 2 de octubre, porque no me alcanzarán los dedos para enumerar las razones de por qué hoy estamos mejor que aquel 1988 en que marchamos como ceuístas, estudiantes universitarios, para condenar la matanza en su 20 aniversario.
Tomaré el apasionamiento de mis hijos cuando corra la Eurocopa de Fútbol y bailaré con mis amigas Borderline la tarde en que Madonna cumpla 50 años en un momento en que las cincuentonas (Michelle Pfeiffer, Sharon Stone, Luz Casal o Lolita Flores) no son más las ancianas que eran cuando mi abuela cumplió los suyos.
Y aprenderé a usar el ipod y desde el mío sonará Crazy for you y será cierto el amor en los tiempos del entusiasmo, moderado sí, pero también compartido.
miércoles, 2 de enero de 2008
Apuntes del reporteo del alma, el ego y otras delicias
HACE 20 AÑOS (una poetisa que sale del clóset)
San Salvador.- Inevitables, los recuentos de diciembre tienen siempre el formato de una retrospectiva iniciada en la última impresión del año por terminar. Y cargan esa carga personal de los balances íntimos: la mejor batalla desde la butaca de nuestra historia, el personaje más querido o menos reprochable, la noticia importante según alguna definición de trascendencia, los pendientes eternos, el sello distintivo del calendario a punto de archivarse o morir en la basura, el libro justo porque nos dio el significado necesario…
Desde tales ventanas quería platicar en voz alta para este último sábado del 2007. Lo único definitivo eran las citas ya subrayadas de La hermana, la novela de Sándor Márai tan paradójicamente aliviadora del dolor físico y del alma sobre el cual desata su trama y sus lecciones. Pero se impuso la retrospectiva de los detalles íntimos, la vida con sus regalos inevitablemente publicables.
Porque en este compás navideño de regreso a mi patria original, El Salvador, donde nací y viví hasta los 13 años, me encuentro con la generosidad de mis padres Candelaria Navas y Luis Melgar que desempolvaron los textos tecleados hace 20 años todavía en una máquina Oliveti. Eran tiempos de guerra aquí y de transiciones ciudadanas en México y, recién egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM , iba y venía para armar la tesis de licenciatura en un intento de reportaje alrededor del enfrentamiento armado y sus secuelas sociales. En medio de las cuartillas de aquel trabajo universitario, se fraguaron los versos entonces premiados por un certamen salvadoreño de poesía.
Y ahí quedó el intento literario muy pronto sofocado por la voracidad cotidiana del periodismo, aunque a veces reincidente en medio de momentos de irremediable intensidad --como ocurre con las vocaciones paralelas, ocultas o frustradas.
Ignoro si el afán permanente por la palabra escrita en recados, así sean de teléfono celular, a través de conversaciones en el MSN, cartas, tarjetas de aniversario o mensajes de registro sea parte de una vocación paralela, oculta o frustrada. Lo cierto es que en el recuento del año pesa esta personal y última semana en la que he tenido que “salir del closet” y acudir, en calidad de aspirante al apelativo de autora de poemas, a la presentación de mi libro regalo titulado Si yo fuera varón, bajo la edición de mis padres. Su recepción, infitinamente generosa entre mis compatriotas que me aceptan en esta doble nacionalidad de mexicana-salvadoreña, y en esta doble militancia de reportera-compone versos, ha sido una sorpresa feliz y no puedo evitarme la licencia de nuestro espacio de diálogo para compartir este retrovisor de textos confeccionados entre 1986 y 1988.
Dios te salve de mí
Dios te salve de mí
que no tengo la gracia
ni el perfecto gemir entrecortado del suspiro
que tienen las muchachas tristes
hechas de soledad para frotar la piel de la tragedia.
Dios te salve de mí
que no venero a Sísifo
y amo la poesía de Rosario
pero odio su torpeza en el suicidio.
Dios te salve de mí
que no tengo descanso
para buscar tu nombre
en los suburbios improvisados de la noche
y repaso boleros como decir consignas
--como rezar a ciegas padrenuestros—
antes de echar el último vistazo
sobre el foco amarillo de mi cuarto
Dios te salve de mí
que sueño caracoles
y túneles secretos entre San Salvador y Garibaldi
para llegar a ti bajo rumores
en sábanas de sal y abrazos de silencio.
Dios te salve de mí
que creo en el horóscopo
y le juego a la grande cada viernes
y decido mi sueño en los semáforos
cuando espero la luz de tu recuerdo.
Dios te salve de mí
si acaso llega a desatarme el nudo
si no me olvida con este amor a cuestas
si me convence de no tejer la espera
si mañana me absuelve la condena
de beberte el sosiego
sin salvación posible.
Si yo fuera varón (fragmento)
Si yo fuera varón
no andaría gritando mis certezas
me estaría negado este galope
y el tono exagerado
y la sonrisa de la complacencia
y la elección de amar al más odiado
y el dudoso placer de meterse despacio en las venas del otro
(sin pedirle permiso, casi de contrabando)
Si yo fuera varón, estoy segura,
tendría que callarme estas palabras
y estaría prohibido decir tu nombre a gatas
llorar porque te quiero
sería un sacrilegio mi memoria
y estaría sin mí, tu plenitud de hombre.
Bebiendo la nostalgia del cobarde
Mis amigas provienen de la raíz medicinal del beso
y se fecundan a la luz divina del escándalo
tienen amantes escondidos en toda la metrópoli
beben tequila como polvo embrujado
sacan de los escombros terrenales
el verso cancerígeno que las conduce al cielo.
Mis amigas devoran la nostalgia maldita del cobarde
y toman del suicida la elección por asalto.
Mis amigas padecen de zozobra continua
pero van por la vida regalando certezas
Les preocupa el amor
mientras hacen café para el desvelo
Les anida el amor
cuando despiertan húmedas
despeinadas del sol
hechas de vanidad
para moldear el día a sus reclamos.
Mis amigas no tienen comparación con nadie
son la excepción de Dios
el a pesar de todo
un sin embargo que procura el renglón de la esperanza.
El adiós
Quiero desempolvar el primer beso
y ametrallar con su humedad
de barro fértil
el muro calcinado
de tu última palabra.
La excepción
En todas las cosas de la vida
echando a perder se aprende
En el amor…
amando se aprende a perder.
(parte de este texto fue publicado en la columna sabatina del periódico excélsior Retrovisor)
San Salvador.- Inevitables, los recuentos de diciembre tienen siempre el formato de una retrospectiva iniciada en la última impresión del año por terminar. Y cargan esa carga personal de los balances íntimos: la mejor batalla desde la butaca de nuestra historia, el personaje más querido o menos reprochable, la noticia importante según alguna definición de trascendencia, los pendientes eternos, el sello distintivo del calendario a punto de archivarse o morir en la basura, el libro justo porque nos dio el significado necesario…
Desde tales ventanas quería platicar en voz alta para este último sábado del 2007. Lo único definitivo eran las citas ya subrayadas de La hermana, la novela de Sándor Márai tan paradójicamente aliviadora del dolor físico y del alma sobre el cual desata su trama y sus lecciones. Pero se impuso la retrospectiva de los detalles íntimos, la vida con sus regalos inevitablemente publicables.
Porque en este compás navideño de regreso a mi patria original, El Salvador, donde nací y viví hasta los 13 años, me encuentro con la generosidad de mis padres Candelaria Navas y Luis Melgar que desempolvaron los textos tecleados hace 20 años todavía en una máquina Oliveti. Eran tiempos de guerra aquí y de transiciones ciudadanas en México y, recién egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM , iba y venía para armar la tesis de licenciatura en un intento de reportaje alrededor del enfrentamiento armado y sus secuelas sociales. En medio de las cuartillas de aquel trabajo universitario, se fraguaron los versos entonces premiados por un certamen salvadoreño de poesía.
Y ahí quedó el intento literario muy pronto sofocado por la voracidad cotidiana del periodismo, aunque a veces reincidente en medio de momentos de irremediable intensidad --como ocurre con las vocaciones paralelas, ocultas o frustradas.
Ignoro si el afán permanente por la palabra escrita en recados, así sean de teléfono celular, a través de conversaciones en el MSN, cartas, tarjetas de aniversario o mensajes de registro sea parte de una vocación paralela, oculta o frustrada. Lo cierto es que en el recuento del año pesa esta personal y última semana en la que he tenido que “salir del closet” y acudir, en calidad de aspirante al apelativo de autora de poemas, a la presentación de mi libro regalo titulado Si yo fuera varón, bajo la edición de mis padres. Su recepción, infitinamente generosa entre mis compatriotas que me aceptan en esta doble nacionalidad de mexicana-salvadoreña, y en esta doble militancia de reportera-compone versos, ha sido una sorpresa feliz y no puedo evitarme la licencia de nuestro espacio de diálogo para compartir este retrovisor de textos confeccionados entre 1986 y 1988.
Dios te salve de mí
Dios te salve de mí
que no tengo la gracia
ni el perfecto gemir entrecortado del suspiro
que tienen las muchachas tristes
hechas de soledad para frotar la piel de la tragedia.
Dios te salve de mí
que no venero a Sísifo
y amo la poesía de Rosario
pero odio su torpeza en el suicidio.
Dios te salve de mí
que no tengo descanso
para buscar tu nombre
en los suburbios improvisados de la noche
y repaso boleros como decir consignas
--como rezar a ciegas padrenuestros—
antes de echar el último vistazo
sobre el foco amarillo de mi cuarto
Dios te salve de mí
que sueño caracoles
y túneles secretos entre San Salvador y Garibaldi
para llegar a ti bajo rumores
en sábanas de sal y abrazos de silencio.
Dios te salve de mí
que creo en el horóscopo
y le juego a la grande cada viernes
y decido mi sueño en los semáforos
cuando espero la luz de tu recuerdo.
Dios te salve de mí
si acaso llega a desatarme el nudo
si no me olvida con este amor a cuestas
si me convence de no tejer la espera
si mañana me absuelve la condena
de beberte el sosiego
sin salvación posible.
Si yo fuera varón (fragmento)
Si yo fuera varón
no andaría gritando mis certezas
me estaría negado este galope
y el tono exagerado
y la sonrisa de la complacencia
y la elección de amar al más odiado
y el dudoso placer de meterse despacio en las venas del otro
(sin pedirle permiso, casi de contrabando)
Si yo fuera varón, estoy segura,
tendría que callarme estas palabras
y estaría prohibido decir tu nombre a gatas
llorar porque te quiero
sería un sacrilegio mi memoria
y estaría sin mí, tu plenitud de hombre.
Bebiendo la nostalgia del cobarde
Mis amigas provienen de la raíz medicinal del beso
y se fecundan a la luz divina del escándalo
tienen amantes escondidos en toda la metrópoli
beben tequila como polvo embrujado
sacan de los escombros terrenales
el verso cancerígeno que las conduce al cielo.
Mis amigas devoran la nostalgia maldita del cobarde
y toman del suicida la elección por asalto.
Mis amigas padecen de zozobra continua
pero van por la vida regalando certezas
Les preocupa el amor
mientras hacen café para el desvelo
Les anida el amor
cuando despiertan húmedas
despeinadas del sol
hechas de vanidad
para moldear el día a sus reclamos.
Mis amigas no tienen comparación con nadie
son la excepción de Dios
el a pesar de todo
un sin embargo que procura el renglón de la esperanza.
El adiós
Quiero desempolvar el primer beso
y ametrallar con su humedad
de barro fértil
el muro calcinado
de tu última palabra.
La excepción
En todas las cosas de la vida
echando a perder se aprende
En el amor…
amando se aprende a perder.
(parte de este texto fue publicado en la columna sabatina del periódico excélsior Retrovisor)
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