Va la columna del sábado 2 de febrero (periódico excélsior
Las edades de la vida femenina nos conducen a una mutación permanente en la taxonomía de los varones. Envueltas en la expectativa, las adolescentes de mis tiempos los soñaban tiernos. Demandantes, las ceceacheras los buscaban galanes, audaces, entrones, progresistas, según la condición de la oferta.
Ya en la Facultad de Ciencias Políticas, en nuestros días pumas, lo masculinamente importante era sinónimo de compromiso, talento y compañerismo, en contraposición a los considerados superficiales, tradicionales, muchachos “plásticos” y arribistas.
De los noventa para acá, registramos en el catálogo a los interesantes, sexis, buena onda, tranquilos, versus los aburridos, desagradables, mujeriegos y patanes. Y si actualizamos el lenguaje con las nuevas generaciones, se suman los adjetivos de cool, abiertos, buenas bestias, chidos, chingones, exitosos, despiadados, tetos, loosers y, por supuesto, bipolares.
Por fortuna, en la pluralidad que nos marca como sociedad, los varones también cambian y aunque a estas alturas sabemos que los hombres ideales no existen, la realidad nos ofrece siempre experimentos cercanos a lo mejor, es decir, a la liberación masculina de los lugares comunes y del patético machismo que acaso enorgullecía a nuestros abuelos, pero hoy haría de nuestros hijos unos verdaderos cavernícolas.
Y con esa misma fortuna, desde el retrovisor privado y público he llegado a una simplificada clasificación: los varones que sí y los que no saben convivir con las mujeres en un escenario de igualdad de condiciones.
La división es aplicable en casa como en la escena política, pasando por los vericuetos laborales de cada quien: de un lado están los que saben tener amigas y del otro los que quieren tener subalternas. Es sencillo distinguirlos: en la transición cotidiana pero palpable de la democracia de los géneros se encuentran quienes reconocen la capacidad de sus colegas, empleadas y jefas. Y en las cavernas —supongo que también en las tabernas— se hallan los que se explican el éxito y protagonismo de las mujeres sólo en función de cómo se llevan con los hombres y por lo tanto siempre acaban buscando las explicaciones en los enjuagues íntimos.
De modo que mientras los hombres auténticamente modernos pueden trabajar a gusto con las mujeres y asumir tratos en igualdad de circunstancias, los machitos de caricatura siempre tendrán un mal chiste para descalificar los rasgos físicos de sus colegas féminas y en sus equipos de trabajo ellas sólo figurarán para tomar nota, traer el café o alabarlos.
“Misóginos”, se ha dicho esta semana a raíz de las tristes declaraciones de Andrés Manuel López Obrador sobre el encuentro de la presidenta de la Mesa Directiva de la Cámara de Diputados, Ruth Zavaleta, con el secretario de Gobernación, Juan Camilo Mouriño. Lo sucedido entre estas dos figuras públicas va más allá de la anécdota. Muchas políticas, gobernadoras, secretarias, legisladoras saben que no es fácil encontrar la forma de exhibir a los varones cavernícolas y que, al final de cuentas, sus ambiciones de escalar en la pirámide del poder están determinadas por su condición de mujer.
Y, sin embargo, gracias al peso de la democracia, esa condición de mujer se ha convertido en un activo cuando los ciudadanos acuden a las urnas. Porque las tendencias globales indican que la liberación masculina avanza al grado de que los varones aceptan cada vez más la representación política y gubernamental femeninas. Por eso me encanta aplicar mi clasificación en el caso de las elecciones estadunidenses. Porque los del gen machín, harán acrobacias argumentativas para enumerar muchos peros contra la Hillary y levantar su bandera contra el racismo y a favor de Obama. Sé que no es tan sencillo. Pero no podemos hacernos tontos: lo que se está jugando en el vecino país es nada más y nada menos que la presencia femenina en el más emblemático espacio de poder en el mundo occidental, la Casa Blanca.
Hay quienes replicarán que, tratándose de un imperio como el yanqui, no es posible considerar que la llegada de la esposa del ex presidente William Clinton al gobierno pueda traducirse en un paso hacia adelante para la población femenina del Tercer Mundo.
De manera que para no contraponer esas reservas antimperialistas con mi hipótesis de que la llegada de esta sexagenaria política al gobierno de EU desencadenaría un efecto a favor de la visibilidad de las mujeres en la política, por el momento prefiero remitirme a los hechos consumados del efecto Cristina, la presidenta argentina, sí, la esposa del ex presidente Néstor Kirchner.
Es un fenómeno: llegó con 45% de popularidad y en este momento tiene sesenta. Pero el protagonismo ya comienza a gotear porque su arribo “ha significado el aumento de la presencia femenina en el Poder Legislativo, Judicial y otros ámbitos de la sociedad argentina”, se lee en un despacho reciente de Notimex.“Hasta noviembre pasado, siete de cada diez representantes populares era hombre, pero ahora, 40% de las 248 bancas de la Cámara de Diputados y las 72 del Senado están ocupadas por legisladoras”, se detalla en el reporte informativo.
Es nuestra testigo de lujo Cecilia González, corresponsal de la agencia en Buenos Aires, quien nos cuenta, además, que apenas este jueves Fernández de Kirchner consiguió un gol de oro: la visita del embajador de EU para aclararle que la administración de Bush no comparte las acusaciones de que su campaña fue ilegalmente financiada por Venezuela. Y es que en diciembre ella se lanzó duro contra los gringos al calificar de “operación basura” los señalamientos de un fiscal en ese sentido. Los empresarios se asustaron porque la presidenta dijo que la Casa Blanca no quería países amigos, sino esclavos. “Ella nunca agachó la cabeza ni tuvo miedo”, cuenta nuestra corresponsal.
Ese es el punto: mujeres que aprenden a vivir sin miedo y sin agachar la cabeza; políticas que ponen en su lugar a quienes pretenden someterlas. Y varones, influyentes o ciudadanos de a pie que logran sentirse representados a través de ellas. Por eso resulta imposible trivializar lo ocurrido en torno a Zavaleta. Porque hemos llegado a la mayoría de edad femenina. Y el derecho a voz y voto cuenta, hasta para las nuevas clasificaciones, tanto así que el término misoginia incluso huele a naftalina, suena exagerado, como lo son las caricaturas de la realidad. Porque no se trata de un odio hacia las mujeres, sino de una incapacidad de convivir con ellas en el plano de la disputa de una igualdad cotidiana y palpable, tan palpable que al final de la semana, la diputada perredista logró revirarle al ex candidato presidencial con una flecha envenenada.
Es la mayoría de edad, un tiempo nuevo en el que la equidad de género llega hasta el poder de las palabras y la taxonomía sobre los varones coloca en la prehistoria de las cavernas a los buscapleitos de cantina.
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lunes, 4 de febrero de 2008
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