miércoles, 1 de octubre de 2008

El otoño

En mis años veintes, con el ansia en medio del corazón, buscaba de la primavera un gesto, una señal, la frente dichosa de un beso. Y sonreía en abril, aún cuando el amor durmiera en la pesadilla de la espera.
En Ciudad Universitaria, como quien encuentra el alivio en el agua tibia bajo la regadera, esperaba descubrir olores nuevos a la sombra de las jacarandas. Y sin embargo, la respuesta dormía en el morado prematuro e intenso de esas flores que son hojas y pétalos al mismo tiempo, un tono inolvidable para recordar la dulzura de la saliva compartida.
Ahora que los años cuarenta fluyen con el corazón cubierto de ansias cumplidas, interminables y pendientes, el otoño me encuentra serenamente intensa. Hay gestos míos en mis hijos y señales ajenas que así seguirán siempre, y la frente tiene menos arrugas que besos consumidos. Por eso río a carcajadas en septiembre, aún cuando las finanzas crujen y la violencia amaga en el insomnio colectivo.
Y sobre Reforma o Insurgentes, abordo de un helicópetero del poder que temporalmente me toca atestiguar en su vuelo, recuerdo el mar de jacarandas que es la Ciudad de México en marzo o en febrero. No hay nostalgia ni duelo. Sólo la brisa voluble de una perfecta estación que sale del calor, sin aterrizar todavía en el frío. Como este cuerpo compartido. Ya no busco el aroma de las flores inodoras. Gozo el orégano de septiembre y el romero de las tardes. Busco y me encuentro. Y la saliva sigue siendo dulce, aunque se imponga el calendario del olvido.

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