domingo, 30 de marzo de 2008

Hay peores males que el cinismo

Los políticamente correctos hablan del cinismo como una posición política vinculada al optimismo, a la fe en la democracia, en el diálogo y el convencimiento.
No se quiénes ni dónde comenzaron a señalar de cínicos a los impugnadores de la violencia, del odio de clase, de la saña en el debate de las ideas públicas. La cosa es que ahora se pretende equiparar al cinismo con la cordialidad y el buen ánimo.
Según esta nueva acepción, somos cínicos aquellos que no estamos dispuestos a llegar hasta las últimas consecuencias, quienes no aplaudimos a las guerrillas, es decir, los adversarios a la moda de las revueltas y a las supuestas revoluciones desde la comodidad de los festivales y los desmadres cuturales.
Puede ser que hayan ganado la batalla de las significaciones. Y que sea más fácil descalificar como cínico a un demócrata a secas que a un manipulador o autoritario dispuesto a morir en nombre de cualquier letra muerta de la constitución.
De ser así, ha llegado el momento de reivindicar el cinismo. Y de portarlo con garbo, gusto y estilo, si se trata de coexistir y de combatir, con las ideas en la mano, y los hechos por delante, con los doblemoral, los doblecara, los eternos traidores de la aspiración universal de vivir sin cuchillos, tan necesaria para las sonrisas en la vida cotidiana.
Viva el cinismo, pues, si hay que demostrarles que la humanidad se construye en los detalles, en las horas compartidas, en el verbo, en la capacidad de construir, de cantar, de bailar, de sonreir, de entender la manipulación independientemente de dónde venga y de rechazar la violencia, sobre todo cuando es verbal, porque esa viene del alma.

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