lunes, 21 de enero de 2008

En el año de la rata

Columna publicada el 5 de enero del 2008

Por aldeana, por creer en los horóscopos, por mamá de dos adolescentes, porque disfruto intensamente lo que hago, no puedo escaparme del optimismo de un nuevo año. Me cuesta ponerle piedras a la especulación futurista, me niego al catastrofismo, a las predicciones de que la historia es circular y ahí viene el lobo…

Prefiero los augurios con olor a abundancia y cuidarme, claro, de no caer en el autismo de aquí no pasa nada; andar a las vivas para no resbalar en la propaganda, en el escapismo de las portadas rosas como envoltura de historias negras.

Con esas precauciones, cuidándonos de la epidemia de la indiferencia frente al dolor del otro y las circunstancias de los otros, estamos obligados a rechazar la tristeza comunitaria, la depresión social y las versiones anoréxicas de la vida, incapaces de consumir a gusto lo existente y de digerir la realidad con sus frutos diversos.

Cuidémonos entonces de la compulsión intelectual, ideológica y política, acaso cultural también, de descarrilar a México, a Latinoamérica y al mundo incluso, en cada inicio de ciclo, de pretender acomodar las piezas para vaticinar choque de trenes, ingobernabilidad, parálisis, caos, desmadre, inviabilidad, pues, sobre lo que somos y lo que podemos hacer.

Cuidémonos, simultáneamente, de la compulsión gubernamental, empresarial y propagandística, acaso consustancial al poder político y económico, de jugar a los fundadores del orden porque, según pretenden hacernos creer, antes de su dominio todo era descomposición e incertidumbre; aguas con sus ofertas y sus discursos voluntaristas, de supuesto entusiasmo contagiante, cuando en el fondo sólo buscan hegemonía y por lo tanto hacer valer su receta de felicidad colectiva cómo la única, a cambio de que el resto renuncie a sus propios recetarios.

Pero que la cautela no nos quite el gozo de construir democráticamente expectativas de un mejor tiempo individual y compartido en este año de la rata, de acuerdo con el calendario chino.

Ni modo, como adicta al horóscopo --aunque sólo parcialmente, porque me quedo con sus pronósticos orientadores y nunca con los de tono fatalista— me entusiasma la idea de que los años del roedor se identifiquen con el inicio de ciclo, con el arranque del cambio, la abundancia, la acumulación de bienes y el hecho de que los intérpretes hablen de que este 2008 será pacífico y reconciliador.

Ilusa, quizá, supongo que con el año de la rata, en el Congreso habrá menos show y más cabildeo, que en vez de tanto dispendio verbal sobre un país inexistente por parte de un Ricardo Monreal, senador perredista, se multiplicará el ejemplo del senador panista Ricardo García Cervantes, en el activismo prudente de la alta política aquí y en Estados Unidos.

Espero que la amabilidad, la astucia y la vitalidad que representa este roedor para los chinos, se haga entre nosotros a favor de nosotros. ¿O acaso no sería alentador que un diplomático tan capaz como Arturo Sarukhán, embajador en Estados Unidos, dejara de recibir zancadillas internas desde el gobierno, y con el aval legislativo plural, emprendiera sin desplantes, con sagacidad y entusiasmo una estrategia contra el clima estadounidense antimexicano?

Espíritu reconciliador, eso es lo que necesitamos. Y no podemos negarnos a la evidencia de que por convicción y opción, muchos mexicanos todavía se niegan a consumir las marcas que Andrés Manuel López Obrador llamó a boicotear en la resistencia civil, y que hay miles de ciudadanos que rememoraron un sentimiento de despojo con la película de Mandoki, y que decenas de legisladores no están dispuestos a saludar en lo que resta de sus vidas al presidente Felipe Calderón.

No se trata de llevarnos todos bien ni de una falsa unanimidad, sino de asumir tareas comunes frente a urgencias de todos, tal es la que tenemos ahora en Estados Unidos con nuestros compatriotas. Entiendo que hay una compulsión antiyanqui. Y también es digna de respeto. Pero lo que el buen entendimiento nos dicta ahora es la reconciliación con esa sociedad vecina, porque no son sólo sus políticos duros, sino su gente de a pie la que da sustento al encono hacia los nuestros.

Confío, pues, que algo de esas nuevas oportunidades previstas para el año de la rata saldrán de nuestra clase política, y no sólo raterías, ratonadas y momentos ratoneros. Que la Secretaría de la Función Pública sea digna de ese nombre y le ponga un freno a los negocios de la política y a los políticos del negocio, que la transparencia deje de servir para buscar en la ratoneras de qué color es la pasta de dientes del rey, y en serio se asuma que en este país el enriquecimiento de los políticos es una práctica lícita aún y cotidiana y si no, asomémonos a las declaraciones patrimoniales de los gobernadores priístas --descontando las sumas adicionales del premio mayor— frente a las cuales el rancho de San Cristóbal sigue siendo un rancho.

Y me preparo, por supuesto, para sumarme al mundo que rendirá admiración a China durante los Juegos Olímpicos, sin olvidar que en esa potencia no hay democracia y los opositores al gobierno van al exilio y para emocionarme de la manera más parcial que pueda con la posibilidad de Hillary Clinton despachando en la Casa Blanca y conmemorar el centenario del natalicio de Simone de Beauvoir desde una sonrisa, no complaciente, pero sí de festejo porque hay buenas cuentas qué rendir.

Y estaré puesta para el otro centenario, el de Salvador Allende, emblema de esperanza y dignidad, confiando así en que mienten quienes hablan de que todo tiempo pasado fue mejor y en la espera de que Michel Bachelete encuentre la vía del entendimiento que tanto cuesta ahora a los gobernantes, sean de derecha, de izquierda o ambidiestros, que eso supongo son los de centro.

Crecerá mi optimismo cuando arribemos al 40 aniversario del 2 de octubre, porque no me alcanzarán los dedos para enumerar las razones de por qué hoy estamos mejor que aquel 1988 en que marchamos como ceuístas, estudiantes universitarios, para condenar la matanza en su 20 aniversario.

Tomaré el apasionamiento de mis hijos cuando corra la Eurocopa de Fútbol y bailaré con mis amigas Borderline la tarde en que Madonna cumpla 50 años en un momento en que las cincuentonas (Michelle Pfeiffer, Sharon Stone, Luz Casal o Lolita Flores) no son más las ancianas que eran cuando mi abuela cumplió los suyos.

Y aprenderé a usar el ipod y desde el mío sonará Crazy for you y será cierto el amor en los tiempos del entusiasmo, moderado sí, pero también compartido.

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