domingo, 23 de marzo de 2008

Los "sin miedo"


Retrovisor, sábado 22 de marzo
Temo a quienes no temen a nada. Son siempre un kamikaze y no importa cuán gloriosa o sucia sea su guerra. Si son pilotos suicidas, sicarios, niños-bomba, etarras, zetas.

Les temo siempre: sea que habiten en Palestina o en el Pentágono; sea que azucen al desprevenido en los dominios de la delincuencia, desde una zona militar o en las guaridas del narco; sea que asalten en los pasillos de la vida, en el lavado de dinero o en la confección de las grandes mentiras políticas.

Pienso que no hay peor accidente que toparse con un kamikaze, liberado del temor de dañar, de truquear, de pasarse un alto, de romperse toda su humanidad a la menor provocación; de exacerbar los ánimos, de descarrilar el tren en el que la mayoría va comiendo ansias por llegar; de dividir el mundo entre puros e infectos, de decidir quién respira y quién muere.

Debo ser ajena a la posmodernidad, seguro que sí. Porque ese temor a los que a nada le temen, no me lo quita ni el mejor terapeuta del mundo, ningún seguro financiero ni la dulcemente envenenada promesa de que a veces se vale matar y morir por algo mejor, por una tierra libre de pecados y pecadores.
Acaso porque no me salvé de la cultura del castigo. Pero me da escalofrío cualquier desplante suicida. Es un “me vale madres” que no me pasa ni con anestesia.

¿De qué tamaño es el vacío para levantar como bandera el miedo a nada? ¿De qué incurable enojo puede provenir el gusto porque otros te teman y te huyan? Algo muy profundo debe haberse roto en nuestra convivencia social para que sea tal jactancia el motor de un lema que pretende ser de batalla, la consigna de un movimiento social: nos tienen miedo porque no tenemos miedo.

Paradójico: el esperado movimiento social se funda en la esperanza de colectivizar el miedo: ya vienen las transnacionales por nuestro petróleo, con el popote de los pozos marinos.
Más allá de la llamada reforma energética, acaso abortada por la caída política, el duro resbalón de quien sería uno de sus principales progenitores en Bucareli, y abortada también porque nadie quiere asumir la maternidad de la criatura, más allá de lo que pueda decirse en torno al cuento candoroso del “tesoro escondido”, preocupa este mal inicio de primavera.

Porque este regodeo por los tambores de guerra, justo en el inicio de la estación de la fertilidad y los encuentros, suena a tendencia, a sello, a marca de la casa, a signo sexenal, a interminable historia de Sísifo de medio pelo, a empolvado macrame de Penélope: el pleito reciclándose. No importa el pretexto: ley del ISSSTE, TLC agropecuario, ahí viene el lobo… Porque esta es la amarga y eterna desventura de intentar la caída de un gobierno.

Ya lo acuñaron los intelectuales orgánicos del deseado movimiento civil: nos tienen miedo porque no tenemos miedo. Y como si se tratara del estribillo de una rola sabinera, la advertencia contagia. Cobra sentido en muchos, tiene eco. De ese tamaño es la herida y la base emocional, ojo, principalmente emocional de los sin miedo, compuesta por quienes se conectan con esta visión del futuro nacional y esperan, añoran, la caída “del espurio”.

Estupefacta, pido que rolen un poco de esa rabia encapsulada, para entonarme y entrar en onda.

Estupefacta, veo que los sin miedo a nada pululan. Que los sin miedo a nada son el emblema de esta primavera y que la fecundidad se hace presente en su patética reproducción.


Que los sin miedo a nada se aferran al poder, de facto, legal y legítimo. Que Juan sin miedo está en las derechas y en las izquierdas, en la farsa de que los muchachos sólo iban de investigadores al campamento de las FARC, en el reclamo esquizofrénico de que el gobierno, el mismo al que llaman y consideran impostor, se alce en una condena contra su homólogo colombiano.

Me fumo un poco más de rabia. Una buena dosis de encanijamiento profesional. Lo necesito para entusiasmarme con la escena prometida: el país en llamas, descarrilado el poder, la purificación revolucionaria, contestataria y anárquica. Suena la otra rola, la incumplida pero siempre pendiente en los chicos del coro emocional, admiradores de los sin miedo legítimos, impugnadores de los sin miedo legales: “¡Ya cayó, ya cayó!”

De pronto se me acaba el churrito de emputamiento. Pero enciendo la historia de la semana, el cochinero perredista, las boletas quemadas, las escondidas, las secuestradas. Escucho a un líder estatal convencido de que ni todo el cloro de las albercas de Veracruz podría limpiarlo. Se declaran asqueados. Tienen nausea.

Entonces me encarrilo y me contagio con ese sonsonete de que vivimos en el país sin remedio, sobre todo cuando Jesús Ortega y Alejandro Encinas aceptan su indigencia cívica y sus respectivos defensores, Guadalupe Acosta Naranjo y Gerardo Fernández Noroña, afilan los colmillos de la saña verbal y dan testimonio del tiradero en el que han coexistido.

Hay quienes dicen sentir pudor. Son del pequeño círculo de los perdona vidas. Arturo Núñez, por ejemplo, experto en ingeniería electoral y todo lo que eso signifique, termina con mi escaso optimismo primaveral. Ex priísta, ex responsable del IFE, ex funcionario de Gobernación y hoy integrante del Comité Técnico Electoral del PRD, declara sobre el cochinero, cuando debía estar presentando su renuncia al cargo que evidentemente no supo ejercer (pero es la moda en tiempos de los sin miedo):

“Hay metidas manos externas en algunos estados y en la medida en que pueda haber pruebas, las aportaremos”, dice el tabasqueño, ilustrando mejor que ninguno el recurso de sacarle al bulto y buscar la viga en el partido ajeno.

Es la comedia de una clase política que vive sin miedo a nada, particularmente sin miedo al cinismo ni al ridículo.

¿Qué queda? Acaso el decoro de perderle el miedo a la pregunta. Maestro José Woldenberg: ¿Alguna vez fue cierta la normalidad democrática que nos enseñó a celebrar? ¿Por qué seguimos perdiendo la batalla frente al dinosaurio?




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