Columna publicada el 5 de enero del 2008
Por aldeana, por creer en los horóscopos, por mamá de dos adolescentes, porque disfruto intensamente lo que hago, no puedo escaparme del optimismo de un nuevo año. Me cuesta ponerle piedras a la especulación futurista, me niego al catastrofismo, a las predicciones de que la historia es circular y ahí viene el lobo…
Prefiero los augurios con olor a abundancia y cuidarme, claro, de no caer en el autismo de aquí no pasa nada; andar a las vivas para no resbalar en la propaganda, en el escapismo de las portadas rosas como envoltura de historias negras.
Con esas precauciones, cuidándonos de la epidemia de la indiferencia frente al dolor del otro y las circunstancias de los otros, estamos obligados a rechazar la tristeza comunitaria, la depresión social y las versiones anoréxicas de la vida, incapaces de consumir a gusto lo existente y de digerir la realidad con sus frutos diversos.
Cuidémonos entonces de la compulsión intelectual, ideológica y política, acaso cultural también, de descarrilar a México, a Latinoamérica y al mundo incluso, en cada inicio de ciclo, de pretender acomodar las piezas para vaticinar choque de trenes, ingobernabilidad, parálisis, caos, desmadre, inviabilidad, pues, sobre lo que somos y lo que podemos hacer.
Cuidémonos, simultáneamente, de la compulsión gubernamental, empresarial y propagandística, acaso consustancial al poder político y económico, de jugar a los fundadores del orden porque, según pretenden hacernos creer, antes de su dominio todo era descomposición e incertidumbre; aguas con sus ofertas y sus discursos voluntaristas, de supuesto entusiasmo contagiante, cuando en el fondo sólo buscan hegemonía y por lo tanto hacer valer su receta de felicidad colectiva cómo la única, a cambio de que el resto renuncie a sus propios recetarios.
Pero que la cautela no nos quite el gozo de construir democráticamente expectativas de un mejor tiempo individual y compartido en este año de la rata, de acuerdo con el calendario chino.
Ni modo, como adicta al horóscopo --aunque sólo parcialmente, porque me quedo con sus pronósticos orientadores y nunca con los de tono fatalista— me entusiasma la idea de que los años del roedor se identifiquen con el inicio de ciclo, con el arranque del cambio, la abundancia, la acumulación de bienes y el hecho de que los intérpretes hablen de que este 2008 será pacífico y reconciliador.
Ilusa, quizá, supongo que con el año de la rata, en el Congreso habrá menos show y más cabildeo, que en vez de tanto dispendio verbal sobre un país inexistente por parte de un Ricardo Monreal, senador perredista, se multiplicará el ejemplo del senador panista Ricardo García Cervantes, en el activismo prudente de la alta política aquí y en Estados Unidos.
Espero que la amabilidad, la astucia y la vitalidad que representa este roedor para los chinos, se haga entre nosotros a favor de nosotros. ¿O acaso no sería alentador que un diplomático tan capaz como Arturo Sarukhán, embajador en Estados Unidos, dejara de recibir zancadillas internas desde el gobierno, y con el aval legislativo plural, emprendiera sin desplantes, con sagacidad y entusiasmo una estrategia contra el clima estadounidense antimexicano?
Espíritu reconciliador, eso es lo que necesitamos. Y no podemos negarnos a la evidencia de que por convicción y opción, muchos mexicanos todavía se niegan a consumir las marcas que Andrés Manuel López Obrador llamó a boicotear en la resistencia civil, y que hay miles de ciudadanos que rememoraron un sentimiento de despojo con la película de Mandoki, y que decenas de legisladores no están dispuestos a saludar en lo que resta de sus vidas al presidente Felipe Calderón.
No se trata de llevarnos todos bien ni de una falsa unanimidad, sino de asumir tareas comunes frente a urgencias de todos, tal es la que tenemos ahora en Estados Unidos con nuestros compatriotas. Entiendo que hay una compulsión antiyanqui. Y también es digna de respeto. Pero lo que el buen entendimiento nos dicta ahora es la reconciliación con esa sociedad vecina, porque no son sólo sus políticos duros, sino su gente de a pie la que da sustento al encono hacia los nuestros.
Confío, pues, que algo de esas nuevas oportunidades previstas para el año de la rata saldrán de nuestra clase política, y no sólo raterías, ratonadas y momentos ratoneros. Que la Secretaría de la Función Pública sea digna de ese nombre y le ponga un freno a los negocios de la política y a los políticos del negocio, que la transparencia deje de servir para buscar en la ratoneras de qué color es la pasta de dientes del rey, y en serio se asuma que en este país el enriquecimiento de los políticos es una práctica lícita aún y cotidiana y si no, asomémonos a las declaraciones patrimoniales de los gobernadores priístas --descontando las sumas adicionales del premio mayor— frente a las cuales el rancho de San Cristóbal sigue siendo un rancho.
Y me preparo, por supuesto, para sumarme al mundo que rendirá admiración a China durante los Juegos Olímpicos, sin olvidar que en esa potencia no hay democracia y los opositores al gobierno van al exilio y para emocionarme de la manera más parcial que pueda con la posibilidad de Hillary Clinton despachando en la Casa Blanca y conmemorar el centenario del natalicio de Simone de Beauvoir desde una sonrisa, no complaciente, pero sí de festejo porque hay buenas cuentas qué rendir.
Y estaré puesta para el otro centenario, el de Salvador Allende, emblema de esperanza y dignidad, confiando así en que mienten quienes hablan de que todo tiempo pasado fue mejor y en la espera de que Michel Bachelete encuentre la vía del entendimiento que tanto cuesta ahora a los gobernantes, sean de derecha, de izquierda o ambidiestros, que eso supongo son los de centro.
Crecerá mi optimismo cuando arribemos al 40 aniversario del 2 de octubre, porque no me alcanzarán los dedos para enumerar las razones de por qué hoy estamos mejor que aquel 1988 en que marchamos como ceuístas, estudiantes universitarios, para condenar la matanza en su 20 aniversario.
Tomaré el apasionamiento de mis hijos cuando corra la Eurocopa de Fútbol y bailaré con mis amigas Borderline la tarde en que Madonna cumpla 50 años en un momento en que las cincuentonas (Michelle Pfeiffer, Sharon Stone, Luz Casal o Lolita Flores) no son más las ancianas que eran cuando mi abuela cumplió los suyos.
Y aprenderé a usar el ipod y desde el mío sonará Crazy for you y será cierto el amor en los tiempos del entusiasmo, moderado sí, pero también compartido.
lunes, 21 de enero de 2008
miércoles, 2 de enero de 2008
Apuntes del reporteo del alma, el ego y otras delicias
HACE 20 AÑOS (una poetisa que sale del clóset)
San Salvador.- Inevitables, los recuentos de diciembre tienen siempre el formato de una retrospectiva iniciada en la última impresión del año por terminar. Y cargan esa carga personal de los balances íntimos: la mejor batalla desde la butaca de nuestra historia, el personaje más querido o menos reprochable, la noticia importante según alguna definición de trascendencia, los pendientes eternos, el sello distintivo del calendario a punto de archivarse o morir en la basura, el libro justo porque nos dio el significado necesario…
Desde tales ventanas quería platicar en voz alta para este último sábado del 2007. Lo único definitivo eran las citas ya subrayadas de La hermana, la novela de Sándor Márai tan paradójicamente aliviadora del dolor físico y del alma sobre el cual desata su trama y sus lecciones. Pero se impuso la retrospectiva de los detalles íntimos, la vida con sus regalos inevitablemente publicables.
Porque en este compás navideño de regreso a mi patria original, El Salvador, donde nací y viví hasta los 13 años, me encuentro con la generosidad de mis padres Candelaria Navas y Luis Melgar que desempolvaron los textos tecleados hace 20 años todavía en una máquina Oliveti. Eran tiempos de guerra aquí y de transiciones ciudadanas en México y, recién egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM , iba y venía para armar la tesis de licenciatura en un intento de reportaje alrededor del enfrentamiento armado y sus secuelas sociales. En medio de las cuartillas de aquel trabajo universitario, se fraguaron los versos entonces premiados por un certamen salvadoreño de poesía.
Y ahí quedó el intento literario muy pronto sofocado por la voracidad cotidiana del periodismo, aunque a veces reincidente en medio de momentos de irremediable intensidad --como ocurre con las vocaciones paralelas, ocultas o frustradas.
Ignoro si el afán permanente por la palabra escrita en recados, así sean de teléfono celular, a través de conversaciones en el MSN, cartas, tarjetas de aniversario o mensajes de registro sea parte de una vocación paralela, oculta o frustrada. Lo cierto es que en el recuento del año pesa esta personal y última semana en la que he tenido que “salir del closet” y acudir, en calidad de aspirante al apelativo de autora de poemas, a la presentación de mi libro regalo titulado Si yo fuera varón, bajo la edición de mis padres. Su recepción, infitinamente generosa entre mis compatriotas que me aceptan en esta doble nacionalidad de mexicana-salvadoreña, y en esta doble militancia de reportera-compone versos, ha sido una sorpresa feliz y no puedo evitarme la licencia de nuestro espacio de diálogo para compartir este retrovisor de textos confeccionados entre 1986 y 1988.
Dios te salve de mí
Dios te salve de mí
que no tengo la gracia
ni el perfecto gemir entrecortado del suspiro
que tienen las muchachas tristes
hechas de soledad para frotar la piel de la tragedia.
Dios te salve de mí
que no venero a Sísifo
y amo la poesía de Rosario
pero odio su torpeza en el suicidio.
Dios te salve de mí
que no tengo descanso
para buscar tu nombre
en los suburbios improvisados de la noche
y repaso boleros como decir consignas
--como rezar a ciegas padrenuestros—
antes de echar el último vistazo
sobre el foco amarillo de mi cuarto
Dios te salve de mí
que sueño caracoles
y túneles secretos entre San Salvador y Garibaldi
para llegar a ti bajo rumores
en sábanas de sal y abrazos de silencio.
Dios te salve de mí
que creo en el horóscopo
y le juego a la grande cada viernes
y decido mi sueño en los semáforos
cuando espero la luz de tu recuerdo.
Dios te salve de mí
si acaso llega a desatarme el nudo
si no me olvida con este amor a cuestas
si me convence de no tejer la espera
si mañana me absuelve la condena
de beberte el sosiego
sin salvación posible.
Si yo fuera varón (fragmento)
Si yo fuera varón
no andaría gritando mis certezas
me estaría negado este galope
y el tono exagerado
y la sonrisa de la complacencia
y la elección de amar al más odiado
y el dudoso placer de meterse despacio en las venas del otro
(sin pedirle permiso, casi de contrabando)
Si yo fuera varón, estoy segura,
tendría que callarme estas palabras
y estaría prohibido decir tu nombre a gatas
llorar porque te quiero
sería un sacrilegio mi memoria
y estaría sin mí, tu plenitud de hombre.
Bebiendo la nostalgia del cobarde
Mis amigas provienen de la raíz medicinal del beso
y se fecundan a la luz divina del escándalo
tienen amantes escondidos en toda la metrópoli
beben tequila como polvo embrujado
sacan de los escombros terrenales
el verso cancerígeno que las conduce al cielo.
Mis amigas devoran la nostalgia maldita del cobarde
y toman del suicida la elección por asalto.
Mis amigas padecen de zozobra continua
pero van por la vida regalando certezas
Les preocupa el amor
mientras hacen café para el desvelo
Les anida el amor
cuando despiertan húmedas
despeinadas del sol
hechas de vanidad
para moldear el día a sus reclamos.
Mis amigas no tienen comparación con nadie
son la excepción de Dios
el a pesar de todo
un sin embargo que procura el renglón de la esperanza.
El adiós
Quiero desempolvar el primer beso
y ametrallar con su humedad
de barro fértil
el muro calcinado
de tu última palabra.
La excepción
En todas las cosas de la vida
echando a perder se aprende
En el amor…
amando se aprende a perder.
(parte de este texto fue publicado en la columna sabatina del periódico excélsior Retrovisor)
San Salvador.- Inevitables, los recuentos de diciembre tienen siempre el formato de una retrospectiva iniciada en la última impresión del año por terminar. Y cargan esa carga personal de los balances íntimos: la mejor batalla desde la butaca de nuestra historia, el personaje más querido o menos reprochable, la noticia importante según alguna definición de trascendencia, los pendientes eternos, el sello distintivo del calendario a punto de archivarse o morir en la basura, el libro justo porque nos dio el significado necesario…
Desde tales ventanas quería platicar en voz alta para este último sábado del 2007. Lo único definitivo eran las citas ya subrayadas de La hermana, la novela de Sándor Márai tan paradójicamente aliviadora del dolor físico y del alma sobre el cual desata su trama y sus lecciones. Pero se impuso la retrospectiva de los detalles íntimos, la vida con sus regalos inevitablemente publicables.
Porque en este compás navideño de regreso a mi patria original, El Salvador, donde nací y viví hasta los 13 años, me encuentro con la generosidad de mis padres Candelaria Navas y Luis Melgar que desempolvaron los textos tecleados hace 20 años todavía en una máquina Oliveti. Eran tiempos de guerra aquí y de transiciones ciudadanas en México y, recién egresada de la Facultad de Ciencias Políticas y Sociales de la UNAM , iba y venía para armar la tesis de licenciatura en un intento de reportaje alrededor del enfrentamiento armado y sus secuelas sociales. En medio de las cuartillas de aquel trabajo universitario, se fraguaron los versos entonces premiados por un certamen salvadoreño de poesía.
Y ahí quedó el intento literario muy pronto sofocado por la voracidad cotidiana del periodismo, aunque a veces reincidente en medio de momentos de irremediable intensidad --como ocurre con las vocaciones paralelas, ocultas o frustradas.
Ignoro si el afán permanente por la palabra escrita en recados, así sean de teléfono celular, a través de conversaciones en el MSN, cartas, tarjetas de aniversario o mensajes de registro sea parte de una vocación paralela, oculta o frustrada. Lo cierto es que en el recuento del año pesa esta personal y última semana en la que he tenido que “salir del closet” y acudir, en calidad de aspirante al apelativo de autora de poemas, a la presentación de mi libro regalo titulado Si yo fuera varón, bajo la edición de mis padres. Su recepción, infitinamente generosa entre mis compatriotas que me aceptan en esta doble nacionalidad de mexicana-salvadoreña, y en esta doble militancia de reportera-compone versos, ha sido una sorpresa feliz y no puedo evitarme la licencia de nuestro espacio de diálogo para compartir este retrovisor de textos confeccionados entre 1986 y 1988.
Dios te salve de mí
Dios te salve de mí
que no tengo la gracia
ni el perfecto gemir entrecortado del suspiro
que tienen las muchachas tristes
hechas de soledad para frotar la piel de la tragedia.
Dios te salve de mí
que no venero a Sísifo
y amo la poesía de Rosario
pero odio su torpeza en el suicidio.
Dios te salve de mí
que no tengo descanso
para buscar tu nombre
en los suburbios improvisados de la noche
y repaso boleros como decir consignas
--como rezar a ciegas padrenuestros—
antes de echar el último vistazo
sobre el foco amarillo de mi cuarto
Dios te salve de mí
que sueño caracoles
y túneles secretos entre San Salvador y Garibaldi
para llegar a ti bajo rumores
en sábanas de sal y abrazos de silencio.
Dios te salve de mí
que creo en el horóscopo
y le juego a la grande cada viernes
y decido mi sueño en los semáforos
cuando espero la luz de tu recuerdo.
Dios te salve de mí
si acaso llega a desatarme el nudo
si no me olvida con este amor a cuestas
si me convence de no tejer la espera
si mañana me absuelve la condena
de beberte el sosiego
sin salvación posible.
Si yo fuera varón (fragmento)
Si yo fuera varón
no andaría gritando mis certezas
me estaría negado este galope
y el tono exagerado
y la sonrisa de la complacencia
y la elección de amar al más odiado
y el dudoso placer de meterse despacio en las venas del otro
(sin pedirle permiso, casi de contrabando)
Si yo fuera varón, estoy segura,
tendría que callarme estas palabras
y estaría prohibido decir tu nombre a gatas
llorar porque te quiero
sería un sacrilegio mi memoria
y estaría sin mí, tu plenitud de hombre.
Bebiendo la nostalgia del cobarde
Mis amigas provienen de la raíz medicinal del beso
y se fecundan a la luz divina del escándalo
tienen amantes escondidos en toda la metrópoli
beben tequila como polvo embrujado
sacan de los escombros terrenales
el verso cancerígeno que las conduce al cielo.
Mis amigas devoran la nostalgia maldita del cobarde
y toman del suicida la elección por asalto.
Mis amigas padecen de zozobra continua
pero van por la vida regalando certezas
Les preocupa el amor
mientras hacen café para el desvelo
Les anida el amor
cuando despiertan húmedas
despeinadas del sol
hechas de vanidad
para moldear el día a sus reclamos.
Mis amigas no tienen comparación con nadie
son la excepción de Dios
el a pesar de todo
un sin embargo que procura el renglón de la esperanza.
El adiós
Quiero desempolvar el primer beso
y ametrallar con su humedad
de barro fértil
el muro calcinado
de tu última palabra.
La excepción
En todas las cosas de la vida
echando a perder se aprende
En el amor…
amando se aprende a perder.
(parte de este texto fue publicado en la columna sabatina del periódico excélsior Retrovisor)
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